Creemos que somos esta materia y que nuestra vida se basa solamente en el ADN físico, pero en realidad no somos máquinas biológicas que hemos aprendido a pensar solos, a lo contrario somos consciencia pura que nuestro creador nos ha enseñado a manifestar en el mismo universo físico a través del movimiento de la vida.
Podemos ver como esta conciencia metafísica siempre quiere ser y ayudar el proceso magnífico de la vida, modificando lo inorgánico en orgánico para dar paso y permitir sus manifestaciones.
Este es el origen de Dios, el universo infinito, como el Tao que dentro de sí mismo, está la semilla de la vida infinita, y que más prueba de claridad de su misma fortuna para nosotros, que poder ver y ser parte de su misma existencia.
Es una profundidad ilimitada y es en esa conexión con nuestro entorno que podemos encontrar el orden divino de la vida, que nos conecta con el centro de su principio y fuerzas indudables.
Reflexionemos, no podemos dudar de su presencia infinita en nosotros, porque cuando logramos estar agradecidos y presentes en el momento, sentimos su esencia divina y real, la gran virtud y el poder inseparable porque siempre nos une con todo.
Es la verdad eterna y constante de su fuente mística que mantiene nuestro ADN físico, nuestro legado espiritual y regalo de vida que nos une como una familia y nos ayuda a comprender, que independientemente de nuestras individualidades en esta vida, nuestro ADN espiritual es perfecto, porque somos su maravillosa creación.
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