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Dios, el universo infinito, como el Tao, siempre están constantemente presentes y omnipresentes, esto significa que como no existe una separación y somos una unidad eterna, es imposible darles un nombre, porque son más grandes que su propio nombre.

Al contrario que cuando separamos y dividimos las cosas, cada parte necesita un nombre y hay que saber dónde parar, para poder evitar dificultades, porque todos en nuestra magnífica creación, somos como las aguas manantiales de un río que fluyen hacia el mar, que al comprender esta dimensión de unión, el cielo y la tierra se enlazarán y ya como consciencia colectiva nuestra humanidad, no necesitaremos más instrucciones porque todo emana en su curso natural.

Debemos de comprender que el mundo exterior forma sus pensamientos y sentimientos, y sus pensamientos y sentimientos forman parte del mundo exterior, y todo esto es el mismo reflejo de nuestro propio holograma, por eso es muy importante mantener una armonía con nuestro divino creador, estar en un estado de agradecimiento que por más que la vida nos presente situaciones y queramos pensar lo contrario, podamos recordar que las lluvias y sus riquezas, siempre caen constantemente sobre toda la humanidad.

Reflexionemos, colocarle nombre a las cosas no es que sea malo, esto nos da el permiso de apreciar mejor las grandiosas manifestaciones de nuestro creador, lo que pasa es que al darles un nombre, vienen acompañados de una intuición, y es lo que nos lleva obligatoriamente al juicio, que es el origen de la decepción.

Todas las personas en nuestro holograma son como el agua, que a menos que le forcemos su juicio moral, están siempre en su orden y perfección natural. Esto es lo que nuestro creador busca en nosotros, que reconozcamos nuestra verdadera inteligencia, donde no existe una separación, simplemente un espacio infinito de unión, uno eternamente con todos.